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martes, 27 de septiembre de 2011

MeDiO PaN y Un LiBRo

Ilustración de Nikolaus Heidelbach

El 19 de mayo de 1929, en un banquete ofrecido por sus paisanos fuenterinos con motivo del exitoso estreno en Granada de 'Mariana Pineda', Federico García Lorca lanzó la propuesta de crear en Fuente Vaqueros, su pueblo,  una biblioteca popular.  Rafael Sánchez, panadero, organizador del acto, recogió está iniciativa ofreciendo trescientos volúmenes de su propiedad.
Poco después, el 30 de mayo, la propuesta sugerida por el poeta sería llevada al Ayuntamiento para su aprobación, siendo Federico el encargado de inaugurar oficialmente la Biblioteca pública en septiembre de 1931, durante la Feria del pueblo.

En el acto de inauguración, el poeta leería una hermosa y elogiosa Alocución a su pueblo natal, con gran acento didáctico, enalteciendo el valor del libro, la lectura y la cultura; Asimismo donaría los libros que había escrito junto a los de sus amigos, además de pedirles más volúmenes a la Residencia de Estudiantes de Madrid y a la Editorial Ulises.

La guerra cercenó el proyecto y sería ya en tiempos democráticos cuando, en enero de 1988, se volvieran a abrir las puertas de una nueva biblioteca situada en la planta baja del edificio del Ayuntamiento.
Aquí escribo el texto memorable de Federico García Lorca. Se trata del discurso que el gran poeta granadino preparó con motivo de la inauguración de la biblioteca pública de su pueblo. La locución es de septiembre de 1931, cinco años y dos meses antes de ser fusilado al comienzo de la Guerra Civil Española. Creo que es un “texto para guardar”. Para guardar y difundir tantas veces como sea posible. Véase si no.
Alocución de Federico García Lorca al inaugurar la Biblioteca de su pueblo, Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931.

Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionera en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.

Ahora se cumplen ochenta años de aquel discurso de inaguaración de Lorca, y sigue vigente cada una de las palabras del poeta. Parece que seguimos atascados en el mismo bucle.

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